En la disputa por la reforma eléctrica, ¿a quién defiende la oposición?

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Para la oposición, si alguna acción o propuesta trae el sello de Morena o la 4T, hay que combatirla, hay que difamarla; sin revisar la historia, sin analizar la geopolítica, sin brindar argumentos sólidos.

Por: Carlos Portillo

¿Se puede estar en contra de la salud, de la paz, de que México tenga electricidad garantizada y a bajo costo? La oposición dice que sí. ¿Es congruente defender a las empresas que producen veneno disfrazado de comida, a los fabricantes de armas gringos y a quienes quieren privatizar la energía eléctrica para dejarnos a expensas de los caprichos del mercado? La oposición también dice que sí.

El arte de contradecir por contradecir continúa embaucando a la derecha en México: pasan como si nada de defender a las empresas de comida chatarra y sopas que son dañinas para la salud, a demeritar una demanda internacional contra las empresas que fabrican las armas que usa el narco; y ahora, han saltado a intentar proteger a las grandes empresas que quieren adueñarse de la energía eléctrica del país.

La antirreforma energética de Peña Nieto tenía como una de sus principales premisas el desmantelamiento progresivo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), pues él y sus amigos tecnócratas —los “nuevos PRI”— habían aprendido bien que para privatizar un sector estratégico del Estado, primero había que dejarlo en el total abandono y desprestigio. Así les habían adiestrado sus maestros Salinas, Zedillo y Aspe, cumpliendo ellos su cometido, décadas antes, con los ferrocarriles, los bancos, la telefonía, el sistema previsional y las minas. A esta nueva generación le correspondía entregar el petróleo y la electricidad a los cuates, sean nacionales o extranjeros. Y ya habían tenido un poco de ayuda previa de los panistas.

Al respecto, uno de los casos que más ruido está haciendo, debido a la publicación del nuevo libro de AMLO, es el de los siete gasoductos privados para transporte de gas natural que, como él mismo relata, los contratos eran algo similar a estar a punto de “rentar una casa para enero del próximo año y que, por problemas con los permisos de construcción, la casa se retrasa hasta julio. No obstante, el constructor nos obliga a pagar desde enero sin posibilidad de habitar la casa, un verdadero absurdo”.

Básicamente, la reforma peñista obligaba a que la CFE pagara todo, cubriera todos los riesgos y no tuviera participación ni en la propiedad ni en la rentabilidad de nada. Así lo demuestran también los casos de los “certificados de energías limpias”, que le costaron 100 mil millones de pesos a la empresa estatal; el mercado eléctrico paralelo ilegal, donde los privados pedían permisos para autoabasto, luego se inventaban “socios de un dólar” y revendían electricidad que les había salido más barata, entre otros ejemplos.

Sin embargo, la oposición mexicana ya anunció a los cuatro vientos que va salir a defender con uñas y dientes a esas empresas y esos negocios en el Congreso. Ya declararon la guerra, como suelen hacerlo, como probablemente seguirán haciéndolo mientras no armen una propuesta clara para hacer política de verdad.

Y dentro de esta reacción, llegan los métodos que ya los caracterizan: la mentira, la desinformación, el insulto. “¡Es una expropiación! ¡Es una afrenta contra la iniciativa privada!”, claman en todos los medios, como cuando defendieron a las empresas de las sopas veneno y a los fabricantes de armas.

En su afán de contradecir a ciegas, olvidan que la nueva reforma obradorista plantea una coexistencia —como ha dicho Rocío Nahle, secretaria de Energía— en la que haya una división de: 54% de la electricidad, como mínimo, producida por la CFE; y 46%, como máximo, por los privados.

Además, se busca fortalecer a la CFE, sin afectar a las empresas, pues la nueva premisa es regresar al principio de que la electricidad es un sector estratégico del Estado, ya que es un servicio que debe garantizarse a como dé lugar. “La seguridad energética es un asunto de seguridad nacional”, ha explicado el gobierno de la 4T.

España, por ejemplo, vive ahora una de las peores crisis en cuanto al costo de las tarifas de luz —además de la extorsión de las generadoras privadas que se resisten a bajar los costos—, debido a que su sector fue completamente privatizado y ahora dependen de los vaivenes del mercado.

Por otra parte, la pandemia también demostró, a nivel mundial, que cuando el Estado descuida o privatiza sectores como la salud o, si se puede decir así, subsectores como el farmacéutico, la realidad en algún momento te toma por sorpresa. 

Es increíble que casi ningún país tuviera una industria farmacéutica propia, estatal; o que los hospitales privados dijeran que sus seguros de gastos médicos mayores “no cubrían pandemias”, algo que nunca podría decirnos un hospital verdaderamente público; solo que, en este caso, la mayoría de ellos estaba a pan y agua en cuanto a presupuesto, desde hace décadas, en la mayoría de los países del mundo.

Se trata, pues, de la privatización, ya sea directa o indirecta, de los sectores estratégicos, los que el Estado debe garantizar a la ciudadanía llueva, truene o relampaguee en el mercado. Lo básico de lo básico, lo indispensable para vivir, para trabajar, para hacer que un país siga funcionando, sea como sea. Hasta eso también lo quieren privado, alimentando los bolsillos de sus compadres, a costa de la gente.

En realidad no debería ser tan sorpresiva esta reforma de AMLO, es solo una pieza clave del gran plan prometido en campaña y en tantos discursos: separar al poder político del poder económico, lo que es también la columna vertebral de la llamada Cuarta Transformación de la vida pública. 

En este sentido, esta reforma también llega en sincronía con lo que votó más del 53% de la población mexicana en 2018 y que otros millones ratificaron en junio de este 2021, reiterando la mayoría de Morena en San Lázaro.

Pero, para la oposición, si alguna acción o propuesta trae el sello de Morena o la 4T, hay que combatirla, hay que difamarla; sin revisar la historia, sin analizar la geopolítica, sin brindar argumentos sólidos. Cuando combates algo es porque defiendes otra cosa, ¿no? ¿A quién defiende la oposición?

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