Por: Mtro. Efraín Morales


Por fin nos reencontramos después de una pausa en la que el divertimento no faltó, pero sí faltó estar en comunicación constante por este medio. Hoy regresamos.

Al parecer, este 2026 será un año de cambios trascendentales para las leyes de nuestro país, particularmente para la Ley Federal del Trabajo en lo relativo a la jornada laboral. Y no hay plazo que no se cumpla.

Se contempla una disminución de la jornada máxima legal vigente de 48 a 40 horas semanales (una reducción de ocho horas, equivalente a 16.7 % menos tiempo laboral semanal). Lo que se busca es mejorar la calidad de vida, la salud y la productividad de las y los trabajadores, así como fomentar la redistribución del trabajo y armonizar la legislación con estándares internacionales.

Se mantendrá un esquema de transición gradual: a partir de 2027, cada 1 de enero se reducirán dos horas anuales hasta alcanzar las 40 horas en 2030.

Sin embargo, este cambio en las horas laboradas implica que, si se mantiene el mismo salario mensual, el costo por hora aumenta (mismo salario dividido entre menos horas trabajadas). Pretender mantener el costo por hora igual al de una jornada de 48 horas y trasladar la reducción proporcionalmente al salario sería legalmente problemático y socialmente inaceptable, pues podría vulnerar derechos contractuales y afectar la negociación colectiva.

Además, el trabajador solo podrá laborar cuatro horas extras durante cuatro días a la semana, pagadas al doble. En caso de exceder ese límite, deberán pagarse al triple. Esto, indudablemente, elevará los costos de productos y servicios, así como los costos variables de operación.

Para mantener la misma producción sin recurrir a horas extra, las micro, pequeñas y medianas empresas podrían necesitar contratar más personal o reorganizar turnos, lo que incrementaría los costos de contratación, capacitación, seguridad social y prestaciones.

En sectores intensivos en mano de obra, como la manufactura, el comercio minorista o los servicios, el impacto en la plantilla laboral puede ser significativo y complejo para la estabilidad económica de las empresas.

Existe también un potencial positivo en la reducción de la jornada laboral: podría disminuir la fatiga del trabajador, generar mayor bienestar y, eventualmente, un aumento en la productividad por hora. Se espera un efecto favorable en la concentración, una disminución en la rotación de personal y un menor ausentismo.

No obstante, también hay riesgos. Si la reducción no va acompañada de mejoras en organización y tecnología, podría disminuir la producción total y elevar los costos unitarios. Existe además el riesgo de un aumento en la informalidad. Si las dependencias gubernamentales continúan operando sin esquemas de apoyo y transición, podría incrementarse la subcontratación irregular o prácticas evasivas.

Como suele ocurrir en nuestro país, se realizan reformas sin diseñar esquemas complementarios de acompañamiento y seguimiento para las empresas. El aumento del costo unitario de producción en algunas industrias podría trasladarse a los precios finales, afectando la competitividad frente a importaciones y generando presión inflacionaria. En los sectores exportadores podrían requerirse medidas compensatorias o incentivos temporales.

Por otra parte, las empresas enfrentarían un aumento en las cuotas del Instituto Mexicano del Seguro Social si incrementan sus plantillas, o bien una mayor carga contributiva derivada de la formalización.

Considero que debe existir un rediseño del proceso de implementación para las empresas. Es indispensable mejorar la productividad por hora mediante automatización de procesos, eliminar actividades no esenciales, aplicar turnos escalonados o jornadas comprimidas para mantener la cobertura sin recurrir a horas extra excesivas y anticipar acuerdos con sindicatos y trabajadores para realizar una transición ordenada.

En conclusión, la reducción de 48 a 40 horas semanales implica un reajuste estructural: mayor costo por hora si se preserva el salario, necesidad de reorganizar el trabajo y riesgos para pymes y sectores intensivos en mano de obra.

Para las empresas, la clave estará en planificar la transición mediante el rediseño de procesos, el aprovechamiento de la tecnología y la capacitación del personal, con el objetivo de operar con menos horas sin comprometer la productividad.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la línea editorial de Bendito Coraje.

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