El 8M se acerca y, como cada año, en todos lados hablaremos de la violencia que se vive en las calles, en los hogares, en el transporte público. Pero hay otra violencia que no siempre se grita en las consignas y que, sin embargo, pesa todos los días: la que ocurre dentro de los espacios de trabajo.
Es una violencia más silenciosa, más estratégica, más difícil de probar. No deja moretones, pero sí deja dudas. No empuja físicamente, pero desacredita. Se manifiesta en rumores sembrados con intención, en señalamientos sin sustento, en la fabricación de desconfianza para aislar, para frenar, para intimidar.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 del INEGI, casi 3 de cada 10 mujeres han experimentado algún tipo de violencia en el ámbito laboral a lo largo de su vida. Esta violencia incluye acoso, hostigamiento, discriminación y agresiones verbales. Sin embargo, hay una dimensión menos cuantificada: la violencia reputacional. Esa que busca minar la credibilidad de una mujer para debilitar su posición profesional.
La violencia laboral contra las mujeres no siempre se ejerce a gritos. A veces opera a través de la insinuación, del comentario “casual”, del expediente que se abre sin razón clara, del señalamiento ambiguo que deja sembrada la sospecha. Es una forma de machismo sofisticado: no necesita levantar la voz porque apuesta a que el entorno hará el resto.
Lo digo también desde lo personal. Hace poco, un compañero de trabajo intentó acusarme de homofobia como mecanismo de defensa ante señalamientos estrictamente laborales sobre su desempeño. Utilizó la bandera de una minoría para desviar la atención de sus propias faltas profesionales y sembrar una sombra sobre mi nombre.
El intento fue claro: desacreditar para neutralizar y denostar. Ese tipo de maniobra no solo es injusta, es una forma de violencia reputacional que busca intimidar y silenciar.
ONU Mujeres ha advertido que la violencia en el mundo del trabajo tiene efectos directos en la salud mental, la estabilidad económica y el desarrollo profesional de las mujeres. Estrés crónico, ansiedad, desgaste emocional, pérdida de confianza y disminución del rendimiento son algunas de las secuelas. No es exageración: es una cadena de consecuencias que impacta trayectorias completas.
Cuando se levantan dichos falsos para dañar una reputación, cuando se utiliza la sospecha como herramienta de control o cuando se intenta desacreditar el liderazgo femenino a través del rumor, no estamos frente a “conflictos laborales normales”. Estamos frente a violencia.
Y sí, duele. Duele porque muchas veces obliga a las mujeres a trabajar el doble para demostrar que no son aquello que alguien decidió inventar. Duele porque erosiona la confianza en los equipos. Duele porque instala el miedo como método de disciplina.
Rumbo al 8M también es momento de hablar de esto. De reconocer que la lucha por espacios no termina cuando logramos ocuparlos. Muchas veces apenas empieza. Las mujeres no solo enfrentamos techos de cristal; también enfrentamos intentos de deslegitimación cuando avanzamos.
Visibilizar esta violencia no es victimizarse. Es nombrar lo que ocurre para transformarlo. Es entender que el liderazgo femenino no necesita permiso ni tolera chantajes. Y es, sobre todo, recordar que ningún rumor puede borrar el trabajo bien hecho, la trayectoria construida ni la convicción de seguir adelante.
El 8M no es solo una fecha. Es una conversación pendiente en cada oficina, en cada redacción, en cada institución. Y también ahí, dentro de los espacios laborales, la violencia debe dejar de ser normalizada.




