Por: Pablo Cervantes Méndez

La narrativa política cuenta, y cuenta mucho. La forma en que la historia se cuente ayuda a preservarla, pero también a generar y construir el mito alrededor de ella. 

En estas últimas semanas, la narrativa política que hemos ido consumiendo y construyendo gira alrededor de la idea del inevitable triunfo de Morena en 2024. Esta construcción parte del acelerado crecimiento de triunfos en los estados, a nivel congresos y gubernaturas, en el refrendo de un buen número de alcaldías y ayuntamientos y por supuesto, en la carencia de un discurso y un proyecto consolidado de las «derechas» en el que puedan articular no solo las opiniones negativas hacia el presidente, sino acciones efectivas de comunicación. Nadie de las «derechas» cree realmente que puedan vencer a Morena en la contienda presidencial del 2024.

Hemos visto que la conformación de la alianza Va Por México en el país ha dado algunos triunfos nada desdeñables a los partidos que la conforman, pero también hemos visto que han sufrido derrotas muy severas en estos cuatro primeros años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). El desgaste en la labor de gobierno que esperan los detractores de Andrés Manuel aún no se ha visto reflejado en tasas importantes de desaprobación presidencial ni tampoco en las urnas.

En esta narrativa el partido en el gobierno, al que a los medios de comunicación tradicionales les ha dado por llamar «el oficialismo», ha iniciado fuertemente su ruta político- electoral camino a las elecciones venideras de 2023 y de 2024, donde el principal mensaje es: Unidad.

Y es aquí donde una vez más, la narrativa vuelve a ser significativa. Significante y significado se entrelazan en el discurso cotidiano, pero no siempre es entendido (o no siempre se quiere entender). Unidad, por supuesto; solo permaneciendo unidos las y los participantes de esta Cuarta Transformación podremos afrontar los embates de las «derechas» que buscan minimizar los avances obtenidos, tres de vuelta los años de retraso, saqueo y olvido, y también dividir nuestras opiniones enfocándose en nuestras diferencias y sacar raja política de ello. Unidad interna frente a las tentaciones de considerar patrimonialmente el poder emanado del pueblo, y ante la amenaza de establecer la única opinión como regla. Unidad para no perder de vista cuál es el objetivo último y más importante: El bienestar del país, donde no importa la persona sino el proyecto.

Sin embargo, unidad no significa uniformidad. No estamos cortados por la misma tijera. Somos un movimiento que se ha enriquecido en la diversidad, diversidad de orígenes, pero también de opiniones, de experiencias y de ideas. Nuestra diversidad es nuestra riqueza. Querer silenciar el debate amplio en estos momentos bajo el grito de unidad resulta contradictorio para un movimiento transformador que se ha caracterizado por combatir la uniformidad que el neoliberalismo ha querido imponer con base en la individualidad.

Si la Cuarta Transformación se quiere tomar a sí misma en serio, la unidad y el cierre de filas con respecto al Gobierno de México son fundamentales, como lo es también no dejar de señalar las fallas y los errores propios de la labor de gobernar, ya que gobernar es de humanos y en la humanidad no cabe la perfección, y quien así lo crea desde la soberbia pagará su error.

Sigo pensando que es muy pronto para definir a una persona, pero aún y cuando existen voces que señalan que las cosas ya están definidas, es muy pronto para dar carpetazo final al mejor gobierno que me ha tocado vivir. Dicho esto, finalizo diciendo que de este barco no se baje nadie, solo el que no quiera continuar…

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de BENDITO CORAJE.

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