Afganistán: la derrota del imperialismo

Afganistán

Lo sucedido en Afganistán es sin duda un duro golpe para el imperialismo estadounidense, evidenciando las terribles consecuencias de aplicar ese modelo de política exterior y control intervencionista en aras de defender una libertad que nunca llega, que las personas de a pie, los pueblos, nunca vislumbran, pues siempre hay otros intereses detrás.

Por: Carlos Portillo

La situación en Afganistán ha venido a demostrar la importancia de respetar la soberanía y libre determinación de los pueblos. Ese país asiático pareciera estar condenado desde hace décadas a ser el epicentro de una disputa histórica entre diferentes intereses geopolíticos desde la Guerra Fría, con lo que su destino se ha ido marcando por el intervencionismo extranjero —nunca preocupado por la población afgana—, lo cual, en plena época de sesgos mediáticos e informativos, ahora le brinda a la discusión una complejidad de grandes dimensiones. 

EE.UU. armó y financió a los muyahidines, entre los que estaba el Talibán, en los años 80, para combatir al gobierno comunista de aquel entonces que era apoyado por los soviéticos. Estos talibanes terminarían haciéndose del poder en 1996, declarando al país como el Emirato Islámico e imponiendo su versión ultra ortodoxa de dicha religión. Cinco años más tarde, EE.UU. daría un giro de 180 grados en su postura para declarar al Talibán su enemigo, culpándole de los atentados del 9-11 e iniciando una invasión militar.

Ahora, 20 años después, los gringos abandonan el país con una vergüenza equiparable a su retirada de Saigón, Vietnam, en abril de 1975, tras la arremetida de los talibanes para asumir el control de Kabul y 26 de las 34 capitales provinciales del país.

Lo sucedido en Afganistán es sin duda un duro golpe para el imperialismo estadounidense, evidenciando las terribles consecuencias de aplicar ese modelo de política exterior y control intervencionista en aras de defender una libertad que nunca llega, que las personas de a pie, los pueblos, nunca vislumbran, pues siempre hay otros intereses detrás.

Por eso, mientras diplomáticos y militares norteamericanos huían en bandadas de vuelta a su país el pasado fin de semana, los afganos que les apoyaron clamaban “¿por qué ahora nos dejan a nuestra suerte?”.

En un mundo cada vez más polarizado y contrastado en sus ideas, en parte gracias a las burbujas de pensamiento que incentivan los algoritmos de las redes sociales, resulta sumamente complicado posicionarse ante lo que inundó los medios hace unos días y volvió a colocar en las portadas internacionales a hombres con barbas largas y turbantes en las cabezas, como allá en los primeros años de los 2000.

Celebrar el nuevo tropezón imperialista de EE.UU. no significa apoyar a los talibanes ni sus afrentas contra los derechos humanos en nombre de sus creencias religiosas, pero en estos tiempos tan confusos pareciera incompatible. En esta realidad que se ha vuelto de blanco o negro, se percibe contradictorio, sobre todo si no se revisa la historia.

La lección está a todas luces: debemos defender los derechos que el Talibán llega a coartar con su victoria, pero debemos denunciar también el caldo de cultivo que hizo esto posible: la irresponsabilidad del imperialismo. 

La señal de estos tiempos es clara: imperios, no se metan con los pueblos, no se entrometan en las soberanías, pues siempre terminan causando desastres al nivel de lo que hoy tiene al mundo impactado.

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