Quemar morenistas, el fascismo homicida

Bendito Coraje

Ricardo Peralta / Excélsior

Quemar morenistas, el fascismo exacerbado.

Cuando tenía siete años tuve un fuerte accidente que me envío durante un año al Hospital Adolfo López Mateos del ISSSTE, pasé por más de 30 cirugías plásticas, producto de quemaduras de 3er grado que sufrí en ambas piernas y brazo izquierdo.

Mi recuperación duró años, ya que en aquella época los procesos de investigación médica iban de la mano con la experimentación en nuevas técnicas en el uso de injertos de piel, la reconocida doctora Esther Carrillo (QEPD), a quien le guardo un gran agradecimiento, fue decana de decenas de generaciones de médicos cirujanos especialistas en cirugía plástica reconstructiva.

Sin duda, las cicatrices quedaron para siempre; pero también el reconocimiento al esfuerzo y profesionalismo para enfermeras, médicas y médicos que, junto con mi familia, me ayudaron a recuperar la salud y el amor por la vida.

Me inspiró compartir esta coyuntura personal para reflexionar sobre lo que significa el uso del fuego en la historia de la humanidad, desde su descubrimiento como un proceso civilizatorio, hasta la paradoja sobre sus objetivos para destruir con un elemento natural, todo vestigio viviente en un acto de contracultura.

Hay diversas teorías sobre cómo se descubrió. Quizá un evento meteorológico, como la caída de un rayo, hizo que algunos humanoides pudieran aprovecharse de la ocasión para usarlo con fines mínimos, ante la enorme ausencia de conocimiento sobre su uso.

Pero su domesticación, la producción y control del mismo llegó mucho tiempo después. A lo largo de la historia ha tenido diversos usos: para calefacción, el procesamiento de alimentos, para fabricar utensilios, como arma, en ritos religiosos y símbolos metafóricos.

Hasta nuestros días, el uso del fuego es imprescindible para la vida diaria de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, hay quienes, a nivel mundial, lo usan cruelmente contra personas.

Cualquiera pensaría que son ideas del sectarismo del Estado Islámico o propias de la Santa Inquisición, creada en 1184 por la Iglesia católica; la que ordenó quemar a los herejes, los sacrílegos, los homosexuales y la brujería (“La cacería de brujas”). Están documentadas las víctimas quemadas vivas por la Inquisición, según información del Estado Vaticano: en Polonia y Lituania, 10,000; en Alemania, 25,000; en Suiza, 4.000; en Reino Unido, 1,000; en Dinamarca y Noruega, 1,350; por señalar algunas cifras, suman miles más.

Aunque parezca una barbaridad en desuso, no olvidemos que todavía en esta era, en el año 2007, quemaron a 255 mujeres en Kurdistán; en el 2012, el movimiento Boko Haram quemó vivos a 39 cristianos en Nigeria. Esta cruel e incivilizada práctica no ha sido erradicada y aún se relaciona con el extremismo que tanto daño ha causado a la humanidad en todo el mundo, movido por el odio y la desesperación.

Hace unos días el escritor Francisco Martín Moreno propuso que a los que somos simpatizantes de Morena y del presidente Andrés López Obrador nos llevaran a la hoguera si existiera la Santa Inquisición. Una hoguera masiva en el Zócalo capitalino. Manifestándolo públicamente en un programa radiofónico. Si así se expresan abiertamente, ¿qué conjuro, confabulación o conspiración harán en privado? ¿Qué puede provocar en alguien tener un sentimiento así en contra de sus congéneres?

Aunque ellos no lo crean, también somos mexicanos y, además, muy patriotas. El llamado al odio exacerbado, al terrorismo y a la violencia extrema es propio de los conservadores, Francisco Martín es un modelo claro de su derrota moral. Yo lo invito, de corazón, a no odiar a nadie, a redimirse y buscar ayuda. Promocionar la maldad nunca ha favorecido el desarrollo de la humanidad. Señor Martín, usted que escribe ficción, vuelva a la realidad nacional, queremos pacificar el país que ustedes incendiaron y que buscan mantener en llamas.

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