¿Por qué no habríamos de quemarlo todo… otra vez?

Por: Alejandra Gutiérrez

Lo primero que debemos entender es que el 8 de marzo no se celebra, se lucha. Luchamos contra la desigualdad, el machismo y el sistema patriarcal. En este día, nos manifestamos, marchamos, alzamos la voz y exigimos igualdad de derechos y oportunidades, así como justicia por las que ya no están.

La primera vez que salí a las calles a exigir el cese de la violencia contra nosotras, lo hice porque un día me dijeron que «yo iba a ser parte de las estadísticas», y entonces tenía que desahogar la rabia contenida y porque, en ese momento, no tuve otra herramienta para canalizar el temor y la impotencia que sentía.

Seguí marchando los años siguientes sin entender bien por qué, aunque en el fondo de mi corazón sabía que tenía que hacerlo como una forma de luchar por la justicia que yo no tenía, de acompañar a otras mujeres en la resistencia y de recordarme a mí misma que el cambio sólo es posible si seguimos alzando la voz.

Hace 10 años marché por primera vez sin ser consciente de que yo también había sido víctima no solo una vez, sino muchas, y de todas las formas de violencia posibles, tantas que ni siquiera podría contarlas con los dedos de mis manos: acoso sexual, violencia económica, laboral, psicológica y emocional.

Si a mis 8 años hubiera sabido que el poder de mi voz era más fuerte que cualquier abusador, habría gritado. Tal vez no habría pasado los siguientes 30 años viviendo con culpa y vergüenza, quizá algunos de mis patrones de comportamiento habrían sido distintos y mis decisiones hubieran sido más asertivas. Pero no fue así. Cuando experimentas ese tipo de violencia, te paralizas y con suerte, lo entierras en lo más profundo de tu memoria hasta que, un día, reúnes el valor y lo gritas.

Fue en terapia, tras la muerte de mi padre, cuando ese recuerdo resurgió como una bruma gris que yo misma me había obligado a olvidar, un recuerdo que me mantenía atrapada en el miedo y la culpa sin entender por qué.

En ese momento, todo se volvió tan claro que ya no podía negarlo ni evitarlo: fui víctima de abuso sexual infantil. Y, aunque todo parecía oscuro, por fin, después de tanto tiempo, la luz había llegado. Entendí por qué ver a esas personas me provocaba náuseas, ansiedad y asco, por qué, incluso ya de adulta, dormía con las luces encendidas al estar cerca de ellos. Por qué evitaba a toda costa su presencia y dirigirles la palabra, aunque eso significara que me tacharan de «grosera».

¿Cómo pasó? ¿Quién fue? ¿Por qué callé tanto tiempo? ¿Por qué no dije nada? Volví a quedarme muda pero abracé a la niña que fui, con quien entendí que me arrebataron la inocencia, la infancia, la dignidad y fracturaron nuestra identidad. ¿Las respuestas? ¡Por supuesto que existen! Y no fue solo una persona del círculo familiar, fueron dos… Y sí, hablé cuando estuve lista.

La noche antes del 31 de diciembre, me desperté de madrugada, víctima del insomnio, dándole vueltas a cómo iba a soltarlo. Entonces, comencé a escribir un mensaje muy largo. Cuando finalmente lo envié, sentí las manos heladas, pero por fin lo «grité» a los cuatro vientos en el chat familiar, donde estaba el abusador.

Para mi sorpresa, salieron tres o cuatro valientes testimonios más sobre uno de los perpetradores. Después, el silencio se hizo evidente. Creo que ni siquiera hubo un “Feliz Año Nuevo”. Por supuesto, generé mucha incomodidad, pero la verdad es que no me importó.

Semanas después, salí de ese grupo con la frente en alto, segura de mí misma, tranquila, orgullosa y fuerte, porque el abusador nunca más tendría la comodidad de mi silencio. No estaba dispuesta a seguir viviendo con vergüenza. Que la cargara alguien más. Le tocaba, al menos, a uno de ellos. Pero ya no a mí.

Recuerdo que, cuando lo hablé, entendí que había guardado silencio porque, si en aquel entonces mi papá lo hubiera sabido, lo habría incendiado todo. Treinta años después, fui yo quien quemó todo.

El apoyo de mi familia nuclear fue fundamental; me dio la fuerza para seguir con la frente en alto, como hasta ahora. Hoy ya no siento vergüenza de hablarlo ni de reconocerme como sobreviviente de violencia sexual infantil, porque yo, como todas, nunca tuvimos la culpa.

Sobre las otras historias de violencia no me alcanza esta entrada para enumerarlas, pero van desde un «qué ricas tetas tienes», una agarrada de nalga, violencia económica y acoso sexual en el trabajo, hasta una amenaza de muerte, que por supuesto quedó impune, pues el sistema legal no te permite ejercer justicia si no llegas en un estado verdaderamente grave o muerta. Así que desistí de las acciones legales. Hoy, la persona que me amenazó de muerte, es un concejal en la Ciudad de México, que va impune con su bandera falsa de justiciero social.

Mi historia, lamentablemente, se repite todos los días y, en la mayoría de los casos, el victimario es del círculo cercano. Según la OCDE, México ocupa el primer lugar del mundo en abuso sexual infantil. Datos de Save the Children revelan que el 80% de los abusos sexuales a menores los comete un familiar o conocido, y México Evalúa reporta que la violencia familiar y el abuso sexual están entre los delitos con mayores índices de impunidad.

Con estos datos, ¿por qué no habríamos de romperlo todo?, ¿por qué no habríamos de quemarlo todo? Así que por todo esto y mucho más, por favor, no salgan con frases como «¡Feliz Día de la Mujer!», «Ni machista ni feminista», o «¿Por qué no hay un Día del Hombre?».

Hoy, más que nunca, está claro que aunque sí es tiempo de mujeres, debemos seguir trabajando en todas las esferas y en todos los niveles en conjunto: mujeres, colectivas feministas, activistas, gobierno, defensores de derechos humanos y ciudadanos en general.

Es importante que cada una de las niñas y mujeres, sepan que tenemos herramientas como la Ley Ingrid, la Ley Olimpia, la Ley Sabina, la Ley Malena, y que la lucha debe seguir con el trabajo de todas y todos. Es nuestro deber condenar y combatir las posturas misóginas y machistas, así como los discursos que hagan apología del feminicidio y de cualquier tipo de violencia.

Por Daniela, por Alejandra, por María, por Karen, por Ivana, por Tere, por Elva, por Sandra, por Paty, por Milagros, por Alma Rosa, por Monserrat, por Alicia, por ti, por el presente y futuro de las niñas y las jóvenes, por las que aún no nacen, por las sobrevivientes, por las que ya no están. Hoy, miles de mujeres marchan por ti, por mí y por todas.

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